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Editorial SAN PABLO
 
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TEXTO COMPLETO: Catequesis del Papa Francisco sobre la alegría de la vida cristiana

Durante la Audiencia General de este miércoles en el Vaticano, el Papa Francisco animó a los cristianos a no dejarse llevar por la nostalgia y el pesimismo, y a mirar la vida con optimismo y esperanza en el futuro.

 

El Santo Padre, que subrayó la promesa de la Jerusalén Celeste realizada por Jesús, pidió a los fieles congregados en el Aula Pablo VI que se pregunten si son cristianos de primavera que contemplan los brotes del nuevo mundo, o cristianos de otoño que andan por la vida con la mirada baja. “Que cada uno se responda. ¿Soy un cristiano de primavera que espera las flores, los frutos, el sol, que es Jesús, o de otoño, que es andar con la mirada baja, con el rostro amarillento?”.

El Papa Francisco durante la Audiencia General. Foto: Foto: Alessi di Cintio / ACI Prensa

A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado la Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis, y dice así: «Yo hago nuevas todas las cosas» (21,5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en la historia y crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedad, porque es el Dios de las sorpresas. Novedad y sorpresas.

No es cristiano caminar con la mirada dirigida hacia abajo –como hacen los cerdos: siempre van así– sin levantar los ojos al horizonte. Como si todo nuestro camino se terminara aquí, en la palma de pocos metros de viaje; como si en nuestra vida no existiera ninguna meta y ningún fin, y nosotros estuviéramos obligados a un eterno errar, sin ninguna razón para nuestras tantas fatigas. Esto no es cristiano.
Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial. Esta es imaginada sobre todo como una inmensa carpa, donde Dios acogerá a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Ap 21,3). Y esta es nuestra esperanza.

Y ¿Qué cosa hará Dios, cuando finalmente estaremos con Él? Usará una ternura infinita en relación a nosotros, como un padre que acoge a sus hijos que han largamente fatigado y sufrido. Profetiza Juan en el Apocalipsis, profetiza: «Esta es la morada de Dios entre los hombres […] – ¿qué cosa hará Dios? – Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó […] Yo hago nuevas todas las cosas» (21, 3-5). El Dios de la novedad.

Intenten meditar este pasaje de la Sagrada Escritura no en modo abstracto, sino después de haber leído una crónica de nuestros días, después de haber visto la televisión o la portada de un diario, donde existen tragedias, donde se reportan noticias tristes a las cuales todos corremos el riesgo de acostumbrarnos.

Y he saludado a algunos de Barcelona: cuantas noticias tristes de ahí. He saludado a algunos del Congo, y cuantas noticias tristes de allá. Y tantas otras. Sólo para nombrar dos de ustedes, que están aquí. Intenten pensar en los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, al llanto de las madres, a los sueños rotos de tantos jóvenes, a las penurias de tantos prófugos que afrontan viajes terribles, y son explotados tantas veces… La vida lamentablemente es también esto. Algunas veces se podría decir que es sobre todo esto.

Puede ser. Pero existe un Padre que llora con nosotros; existe un Padre que llora lágrimas de infinita piedad en relación de sus hijos. Nosotros tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia, y nos quiere consolar.

Dios no ha querido nuestras vidas por equivocación, obligando a Sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia. En cambio, nos ha creado porque nos quiere felices. Es nuestro Padre, y si nosotros aquí, ahora, experimentamos una vida que no es aquella que Él ha querido para nosotros, Jesús nos garantiza que Dios mismo está obrando su rescate. Él trabaja para rescatarnos.

Nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas en la parábola de la existencia humana. Ser cristiano implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Alguno cree que la vida contiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros aún piensan que nuestras alegrías sean sólo ocasionales y pasajeras, y en la vida de los hombres está escrito el sin sentido.

Aquellos que ante tantas calamidades dicen: “Pero la vida no tiene sentido. Nuestro camino es sin sentido”. Pero nosotros los cristianos no creemos en esto. En cambio, creemos que en el horizonte del hombre existe un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos deben todavía llegar. Somos gente más de primavera que de otoño.

Me gustaría preguntarles, ahora –cada uno responda en su corazón, en silencio, pero responda–: ¿yo soy un hombre, una mujer, un joven, una joven, de primavera o de otoño? ¿Mi alma es de primavera o de otoño? Cada uno responda. Entrevemos los gérmenes de un mundo nuevo en vez de las hojas amarillentas sobre sus ramas. No nos quedamos en nostalgias, añoranzas y lamentos: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e incansables cultivadores de sueños.
No se olvide de esta pregunta: ¿Yo soy una persona de primavera o de otoño? De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús; o de otoño, que está siempre con la mirada hacia abajo, amargado, y como a veces he dicho, con la cara de ajíes al vinagre, ¿no?

El cristiano sabe que el Reino de Dios, su Señoría de amor está creciendo como un gran campo de trigo, a pesar de que en medio esta la cizaña. Siempre existen problemas, existen las habladurías, existen las guerras, existen las enfermedades… existen los problemas. Pero el trigo crece, y al final el mal será eliminado.

El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la más grande gracia de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino. Él nos conduce a la gran “morada” de Dios entre los hombres (Cfr. Ap. 21,3), con tantos otros hermanos y hermanas, y llevaremos a Dios el recuerdo de los días vividos aquí abajo. Y será bello descubrir en ese instante que nada ha sido perdido, nada, ni siquiera una lágrima: nada ha sido perdido; ninguna sonrisa, ni ninguna lágrima.

Por cuanto nuestra vida haya sido larga, nos parecerá de haber vivido en un momento. Y que la creación no se ha quedado en el sexto día del Génesis, la creación no ha terminado el sexto día, sino ha proseguido incansablemente, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en el que todo se cumplirá, la mañana en la cual se terminaran las lágrimas, el instante mismo en el cual Dios pronunciará su última palabra de bendición: «Yo hago nuevas todas las cosas» (v. 5). Si, nuestro Padre es el Dios de la novedad y el Dios de las sorpresas. Y aquel día nosotros seremos verdaderamente felices, y ¿lloraremos?, sí, pero lloraremos de alegría. Gracias.

Papa Francisco llama a los cristianos a invitar a los pobres a la mesa

El Papa Francisco animó a los cristianos, creyentes de otras religiones y en general a todo el mundo, con motivo de la I Jornada Mundial de los Pobres, a invitar a los pobres “a nuestra mesa como invitados de honor”, ya que así “podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente”.

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Los pobres, “con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre”.
El Santo Padre realizó esta petición en el mensaje hecho público este martes con motivo de esta primera Jornada, que se celebrará el domingo 19 de noviembre de 2017.

El Pontífice expresó su deseo de que las comunidades cristianas, en ese día “se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta”.

“Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente”.

Francisco propuso que “en ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos”.

Por otro lado, el Papa subrayó que el sustento de esa misericordia debe ser la oración, porque “el fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración”.
“Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio”, destacó.

Francisco explicó los objetivos de la Jornada Mundial de los Pobres. “Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad”.

El Santo Padre analizó los retos que el mundo de hoy debe afrontar en relación a la pobreza. Francisco denunció las crecientes desigualdades sociales en el mundo que surgen, cada vez con mayor frecuencia, debido a los abusos de unos pocos privilegiados.

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“Hoy en día –lamentó–, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera”.

El Papa advirtió, que “ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad”.

Además, en el mensaje explicó cómo debe concretarse la misericordia con los pobres. “No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia”.

“Estas experiencias –explicó–, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida”.

El Obispo de Roma exhortó a “tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma”.

“Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación”, destacó. “Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida”.

En el mensaje, el Papa Francisco también explicó en qué consiste la vocación a la pobreza como se explica en los textos evangélicos. “No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de Él y con Él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos”.

Asimismo, detalló qué es esa vocación. “La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales”.

Al servicio de los más necesitados

En la rueda de prensa para presentar este mensaje del Papa Francisco, Mons. Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, afirmó que esta I Jornada Mundial de los Pobres “será una jornada en la que toda la comunidad cristiana deberá ser capaz de tender la mano a los pobres, a los débiles, a los hombres y a las mujeres cuya dignidad con frecuencia resulta pisoteada”.

Mons. Fisichella, señaló que el grito de los pobres, al que hace referencia el Pontífice en el mensaje, “no puede dejar insensible a la Iglesia. Desde el comienzo de su historia y en el curso de los siglos, la comunidad cristiana, huyendo de toda retórica, se ha puesto al servicio de los más necesitados”.

“La verdadera caridad –hizo hincapié–, consiste en estar cerca, compartiendo el dolor y el sufrimiento de la enfermedad y de la marginación. El Papa propone como estilo de vida de los creyentes, el encuentro con los pobres”, aseguró.

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Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización anunció que, “para permitir a los sacerdotes y al mundo del voluntariado vivir más intensamente estos momentos, el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, ha predispuesto un subsidio pastoral que estará disponible a partir del mes de septiembre”.

Asimismo, indicó que “el Papa Francisco estará directamente comprometido en la celebración de esta Jornada en la que presidirá la Santa Eucaristía en la Basílica de San Pedro junto a los pobres y voluntarios”.

Asimismo, anunció que para los voluntarios, “está prevista una Vigilia de preparación el sábado 18 de noviembre en la Iglesia de San Lorenzo Extramuros”. “Será un momento para expresar el agradecimiento por todos los que, cada día y en silencio, viven el servicio de la asistencia a los pobres”, concluyó.

Este es el saludo que el Papa Francisco propone a los cristianos para el día de Pascua

“¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!”. Este es el saludo que el Papa Francisco propuso a la comunidad cristiana para el día de Pascua de Resurrección.

El Papa Francisco durante la Audiencia General en el Vaticano. Foto: Lucía Ballester (ACI Prensa)

“Cristo ha resucitado verdaderamente, y este es un bonito saludo para darnos los días de Pascua, como hacen otros muchos pueblo recordándonos que Cristo ha resucitado, que está vivo entre nosotros, que está vivo y que habita en cada uno de nosotros”, señaló durante la Audiencia General en la Plaza de San Pedro.

El Obispo de Roma propone, de esta manera, un saludo que ya se utiliza en las Iglesias Católicas Orientales y en las Ortodoxas. En los ritos de esas Iglesias es común que en el día de Pascua los fieles se feliciten la fiesta con dicha fórmula. Se saluda diciendo “¡Cristo ha resucitado!”, y se contesta “¡Verdaderamente ha resucitado!”.