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Cuaresma y una triple conversión: Llamado a la paz , a la alegría y a la humanidad

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25 Feb

“Les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios” Es la invocación urgente del Apóstol (2Co 5, 20), al cual escuchamos en la segunda lectura de cada Miércoles de Ceniza. No es un llamado nuevo, posiblemente no parezca original y desafiante en primera instancia; pero si ahondamos en él, si ejercemos la escucha de la fe, libres de toda acomodación y domesticación de la Palabra de Dios, este llamado puede transmitirnos un mensaje interpelante, clave para nuestra Cuaresma hoy. La liturgia acompaña la vida, la ilumina; de tal manera que recíprocamente puedan comunicar a los creyentes, de modo celebrativo y real, todo cuanto pertenece a la vida, sea la eterna, sea la temporal. Así, la voz de Jesucristo nos llama a la conversión, podemos proponer en tres dimensiones: a la paz, a la alegría y a la humanidad.

Conversión a la paz: a la paz de Cristo resucitado, que pide que mi oración sea atravesada por los nombres y rostros de quienes sufren la guerra, y también de quienes la provocan. Conversión que me impulse a ser agente de paz y justicia, trabajando por ella, desde mis vínculos familiares, laborales, comunitarios y sociales.

Conversión a la alegría: que nace de la experiencia de Jesús que vivo en comunidad y a modo personal, capaz de iluminar mi ayuno, para liberarnos de toda amarra y peso que nos mantenga estáticos, aislados, ensimismados en el propio yo. Bendito ayuno que, bien ofrecido al Señor, transparente en mi rostro y mi trato la sonrisa de Dios, que infunde esperanza, que se pone al servicio, que cura y consuela.

Conversión a la humanidad: que provoque en nosotros una reforma de la propia mente, voluntad y corazón para que la limosna, de cara a los hermanos, conserve y fomente la humanidad. Con la proliferación de las nuevas tecnologías y de la revolución digital, parece que el trato humano y cordial se pierde, se pierde la paciencia y la voluntad de reparar, conservar, hacerse cargo. Solo el rostro sufriente de Aquel que fue decidido a Jerusalén a dar la vida, nos puede ayudar a tender puentes, a reconocernos hermanos todos. Que en nuestra continua conversión nos ayude María Santísima, que, junto a la Cruz, contemplaba a su Hijo y se convertía en Madre de todos nosotros.

P. José Miguel Villaverde, ssp

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