La síntesis contemplativa y celebrativa de la teología y de la celebración y el compromiso vivido de la pastoral forman algo que podríamos llamar la espiritualidad, que es como el alma, la inspiración y la vivencia del Año Litúrgico y de cada una de sus fiestas en particular, con un compromiso que se traduce en experiencia a nivel personal y comunitario. La liturgia educa a una espiritualidad comunitaria y colectiva, centrada en los misterios del Señor promoviendo el sentido de pertenencia a la Iglesia.
La asimilación personal
No cabe duda de que cada cristiano que participa de la celebración litúrgica debe quedar interpelado, cuestionado, para vivir en plenitud la espiritualidad en una síntesis de oración y de acción. La espiritualidad recoge en profundidad los misterios celebrados, los hace luz para el camino de la vida. Por eso, la oración, la contemplación y la misma capacidad de participar y compartir la celebración y sus riquezas, es una auténtica expresión de espiritualidad litúrgica.
La religiosidad popular
En torno al Año Litúrgico ha florecido una rica religiosidad o piedad popular. Una sana integración de algunos aspectos de esta piedad, antes o después de las celebraciones litúrgicas, es necesaria (SC n.13). Así se evitan dos extremos peligrosos: El de una religiosidad que va a su aire, sin dejarse evangelizar y orientar por la liturgia; o el de una liturgia que alguien piensa que ha sido siempre químicamente pura sin resabios de religiosidad, y que no es capaz de integrar auténticos valores de piedad del pueblo, capaz hoy todavía de conmover y de acercar al misterio y a los misterios. Es así, que todo lo visto sobre el Año Litúrgico, desde las dimensiones históricas, teológicas, litúrgicas, pastorales y de espiritualidad, nos deben ayudar para interpretar la espiritualidad que brota de él.
Pbro. Lic. Antonio Díaz