La Navidad está a la vuelta de la esquina y, con ella, la sensación de que todo se acelera: las actividades en casa, los preparativos en la parroquia, los encuentros, los ensayos, las celebraciones. En medio de ese ritmo que a veces nos desborda, la Iglesia nos invita a detenernos y a volver al corazón del misterio: Dios se hace hombre, asume la humildad de nuestra carne y entra en nuestra historia con la delicadeza de un niño.
Para ayudarnos a vivir este tránsito interior, la liturgia nos regala un tesoro muchas veces poco conocido: las ferias privilegiadas de Adviento, los siete días que van del 17 al 24 de diciembre. Son días “privilegiados” porque la Iglesia, con sabiduría maternal, reserva para ellos un conjunto de lecturas y oraciones que no pueden ser sustituidas por ninguna otra celebración. Es como si la liturgia misma nos tomara de la mano y nos dijera: “No te distraigas; contempla lo que Dios está haciendo”.
Durante estas jornadas, la Palabra nos muestra cómo Dios actúa silenciosamente en la vida de personas concretas: María e Isabel, que se reconocen mutuamente como portadoras de promesa; José, que aprende a confiar más allá de sus temores; Zacarías, que pasa del silencio a la alabanza; y Juan el Bautista, cuya sola existencia anuncia que el Mesías está cerca. Cada uno de ellos es un espejo en el que podemos mirarnos para descubrir cómo Dios también obra en nuestra propia historia, a veces de manera imperceptible, pero siempre con ternura y fidelidad.
Un elemento precioso de estos días son las antífonas mayores del Magnificat, las tradicionales antífonas “O”, que la Iglesia reza en la Liturgia de las Horas. Cada una de ellas proclama un título mesiánico tomado de la Escritura: “Sabiduría”, “Adonai”, “Renuevo de Jesé”, “Llave de David”, “Sol naciente”, “Rey de las Naciones”, “Emmanuel”. Son como un crescendo espiritual que nos ayuda a reconocer quién es el que viene: no un personaje simbólico, sino el Dios vivo que entra en nuestra carne para iluminarla desde dentro.
Estas antífonas, rezadas durante siglos por monjes, comunidades y familias cristianas, son una escuela de espera confiada. Nos enseñan a nombrar a Cristo con palabras que despiertan el asombro, a contemplar su identidad y su misión, y a dejarnos transformar por su presencia que se acerca.
Que en estos días, con María, aprendamos a escuchar la Palabra con un corazón disponible; que nuestra participación en la liturgia —sea en comunidad o en la intimidad de nuestra oración— nos permita saborear la cercanía del Señor. Dejémonos contagiar por el asombro de saber que Dios ha querido caminar con su pueblo, compartir nuestras alegrías y fragilidades, y bendecirnos desde la sencillez de un pesebre.
Adviento no es solo preparación: es promesa cumplida, esperanza que se enciende, gratitud que brota. Que estas ferias privilegiadas nos encuentren con los ojos abiertos y el corazón dispuesto para recibir al Emmanuel, el Dios-con-nosotros, que viene a renovar todas las cosas.
P. José Miguel Villaverde, ssp