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Bicentenario, Tiempo de Memoria y Esperanza

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29 Jul

La independencia en el Perú significó un largo proceso de cambios, no solo en el ámbito político, sino social y cultural. El mes de julio viene a recordarnos este camino en la concreción de los ideales planteados en julio de 1821. Sin embargo, el momento actual que vivimos no es el más alentador: la pandemia ha develado y acentuado esas taras sociales enclavadas en la vida republicana que 200 años después aún persisten. Un momento de miedos e incertidumbres que podría paralizarnos y hacernos perder el horizonte de la esperanza.

Conmemorar un bicentenario patrio es justamente hacer memoria de lo vivido: nacimos libres con la aspiración a una nueva sociedad para hacer frente a los desafíos que podrían venir y desatar las ataduras que nos detienen. El bicentenario llega entonces en un tiempo de crisis, pero toda crisis es también una oportunidad. Por ello, quisiera ofrecer una reflexión teológica, histórica y social de lo que significa conmemorar esta fecha, y qué perspectivas a futuro nos plantea, teniendo en cuenta además que se inaugura una nueva gestión presidencial.

RECORDAR PARA NO OLVIDAR

La gran mayoría de países en Latinoamérica han recordado y celebrado sus fiestas del bicentenario desde hace más de una década. El caso peruano resulta excepcional, y ello se explica por diferentes razones. Una de ellas es haber sido el centro del poder español en Sudamérica, pero no debe olvidarse que la historiografía centralizó los hechos y, de ese modo, Lima terminó siendo la que marcó el grito independentista. No obstante, pudo haber sido la rebelión de Tacna en 1811 o la de Huánuco en 1812. Por ello, al señalar el 28 de julio de 1821 como símbolo, hemos olvidado otros procesos en los márgenes del antiguo virreinato y que jugaron un rol crucial para hacer posible una sociedad libre e independiente. De allí la importancia de hacer memoria, no solo para recordar un proceso con sus luces y sombras, sino para aprender de los errores y mirar hacia el futuro.

Durante el siglo XIX nuestra historia continuó con muchos tropiezos, y llegamos al centenario durante el régimen de Augusto B. Leguía inaugurando la Patria Nueva, planteando a su vez algunas discusiones de reconocimiento sobre amplios sectores históricamente excluidos. El siglo XX buscó concretar una ciudadanía universal sin tener en cuenta la diversidad social y cultural que es nuestra mayor riqueza. Pero la historia reciente demostró que muy poco habíamos avanzado: los miles de peruanos muertos durante el terrorismo entre 1980 y 2000, encarna hasta hoy un trauma nacional. Posteriormente, hemos sido testigos del Baguazo en el 2009, poniéndose en relieve las problemáticas de los pueblos amazónicos. Y así, un sin número de situaciones de dolor vividas y a las que hoy se añaden los efectos negativos de esta pandemia global generada por la COVID-19. Frente a todo ello, ¿cómo seguir apostando por una patria libre e independiente? ¿Cómo saldar las deudas de justicia que aún tenemos con los ciudadanos? ¿Qué aporta la fe a todo esto? ¿Qué respuesta dar como cristianos?

UNA PATRIA CON JUSTICIA

Responder tales preguntas nos exige revisar un concepto base, el de patria, definida como aquel lugar donde nacemos y que nos genera un vínculo con ese espacio y con su gente. Tiene una carga subjetiva muy fuerte que mal entendida podría llevar a extremismos, que podrían terminar absolutizando determinadas formas de pensar. La patria debe entonces implicar el respeto al otro y el compromiso de la vida misma en aras de reflexionar en un «nosotros», en una preocupación por el bien común y en su defensa, por un futuro que no queremos nos sea arrebatado. Igualmente, este concepto debe estar engarzado al de la justicia. No podemos partir este nuevo siglo de vida independiente sin dejar de responder a las diversas problemáticas sociales, la concreción de la justicia para los sectores más excluidos, la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la pobreza y la discriminación, el respeto a la mujer y a las minorías vulnerables, la defensa de los pueblos indígenas y amazónicos, la protección del medio ambiente, la lucha contra la corrupción, etc.

Por ende, pensar en la patria es asumir toda su complejidad conceptual y subjetiva. Una palabra que guarda una tensión permanente entre la memoria del pasado, el compromiso con el momento actual y el futuro que se proyecta construir. Asumir este concepto en su total dimensión fortalece nuestro actuar con relación a los retos que se nos plantea.

MIRADA A FUTURO

Como ciudadanos y cristianos no podemos estar al margen de este nuevo ciclo que se inaugura. Tampoco podemos seguir siendo cómplices de esa cultura del descarte tan fuertemente recalcada por el Papa Francisco, ni dejarnos llevar por el individualismo. En cambio, debemos apostar por una cultura de la solidaridad, la empatía y del diálogo, buscando acciones para materializar la paz social tan necesaria en nuestro país. Una paz entendida no solo como la ausencia de guerra, sino como la eliminación de toda forma de injusticia que perpetúa inequidades.

La Biblia nos recuerda al pueblo de Israel peregrinando por el desierto rumbo a la Tierra Prometida, pero no bastaba con llegar a la meta, sino que el mismo proceso significaba un cambio. Llegamos así a este 28 de julio y empezamos una nueva era con esa misma necesidad de conversión y de apuesta por un mejor mañana. Porque ser fieles a los ideales patrios solo será posible si se fortalece la sensibilidad frente al otro, el respeto y reconocimiento de las diferencias, la búsqueda del bien común. Únicamente con esa mentalidad podremos ir desatando aquellos nudos que nos impiden proseguir.

Finalmente, quisiera recordar un texto bíblico que parece propicio: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Eclesiastés 3,1). Un texto que nos invita a entender que cada cosa en este mundo tiene un propósito tanto las negativas como las positivas, y está en nosotros poner nuestra confianza en Dios. Hoy toca levantarse y seguir apostando por una sociedad más libre y humana, desde las pequeñas acciones cotidianas. El reto es grande, pero no imposible. La pandemia nos ha enseñado que lo fundamental hoy es la apuesta por la solidaridad como único camino para concretar una patria más justa y humana para todos.

José Luis Franco

Integrante del Instituto Bartolomé de Las Casas (Lima)

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