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Pedro y Pablo: Vidas que reflejan la acción de Dios y la calidad del testimonio cristiano

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25 Jun

En Pedro y Pablo se expresa el “don” de toda vocación

Encontramos en la experiencia de Pedro y de Pablo, pero quizá también en toda experiencia de fe que se nos trasmite en las Sagradas Escrituras, que la iniciativa del encuentro entre Dios y el hombre proviene del mismo Dios. Es sólo mirar con detenimiento la historia de la salvación y ver reflejado ese anhelo y esa pasión permanente de Dios con la humanidad: Es Él, quien sale al encuentro de Abrahám (Gn 12, 1) para abrirle un nuevo horizonte a su existencia ya avanzada. Es Dios el que “baja” a liberar a su pueblo esclavo en Egipto porque ha escuchado sus tribulaciones y no ha permanecido indiferente a ellas (Ex 3, 7-10). ¡Cuántos ejemplos más encontramos en el Antiguo Testamento! Jueces, profetas, hasta reyes, como en el caso de David, encontrado en medio de las ovejas, ahora para ser pastor de su pueblo (1Sam 16, 11-13).

En el Nuevo Testamento se reitera la misma dinámica: Jesús al borde del mar de Galilea llama a varios de sus apóstoles. Pedro será sorprendido por el llamado de Jesús en medio de su faena cotidiana (Mc 1, 16-20; Lc 5, 1-11). También Pablo será alcanzado por Jesús en el camino a Damasco (Hch 9, 1-19).

Es Jesús quien entra en la vida del pescador de Galilea y del fariseo y perseguidor de Tarso. Esta misteriosa y misericordiosa “intromisión” tendrá la fuerza que transforme para siempre la vida de ambos, haciendo del primero un “pescador de hombres” y del segundo “el apóstol de los gentiles”.

También hoy es bueno recordar que esa misma dinámica la vivimos en nuestra propia vocación. ¡La pedagogía de Dios sigue siendo la misma!: Nuestra vocación es un don, es fruto de la iniciativa de Dios: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo quien los elegí a ustedes y los destiné a que den fruto y su fruto sea duradero” (Jn 15, 16). Esta elección no justifica arrogancias o soberbias de nuestra parte, más bien deja claro que no hay mérito nuestro en semejante opción. No cuentan los antecedentes previos ni los mejores curriculum´s. Es acción de la gracia. Si la lógica de los méritos hubiese primado en la historia de Pedro y de Pablo, difícilmente entenderíamos cómo un simple pescador se convierte en la roca de la Iglesia y un fanático perseguidor de cristianos es llamado a ser predicador del Evangelio.

En la entrega misionera de Pedro y Pablo se nos expresa la dinámica de una Iglesia en salida

Nadie da de lo que no tiene. La evangelización no es reproducir o simplemente amplificar una serie de conocimientos, historias o normas que hemos aprendido. El que evangeliza comparte su experiencia, su encuentro con el Señor, su vivencia transformadora.

Pedro será el llamado a ser “roca”, fundamento, pero encontrará la solidez no en sus propias fuerzas, ni en sus seguridades personales (¡recordemos que en el patio de la casa de Anás quiso salvar su pellejo!), sino en el amor gratuito de Dios que lo llamó a formar parte del grupo íntimo de los seguidores de Jesús y que después de la crisis de la Pasión le manifestó el perdón por la traición (Jn 21, 15-19)

La experiencia de un Dios que “sale a su encuentro” en el camino de su vida, motiva a Pablo a la incansable tarea de ir al encuentro de los otros; la experiencia de la gracia que lo “derribó” en Damasco, es la que impulsa a Pablo a derribar ahora los muros que dividen a los pueblos y a las personas; la experiencia de la gracia que “liberó” a Pablo de la autosuficiencia, es la que lleva a Pablo a proclamar el camino de la libertad del hombre nuevo que decide abandonar toda esclavitud, incluso aquella de considerarse justificado por los propios méritos (esclavitud de la arrogancia).

Ambos, saliendo de sí mismos, abriéndose a un amor que los desborda, dejando atrás sus formas de vida o sus esquemas equivocados, emprenderán un camino nuevo, sabiéndose amados y perdonados, para llevar este mensaje liberador a todos.

Anunciar la Buena Noticia no será un añadido a sus actividades, será la razón de ser del desgastar sus vidas por Cristo, poniendo en el horizonte de su existencia el bien que debe llevarse hasta los confines de la tierra, sin pensar en las propias comodidades, privilegios, seguridades, etc.   

San Pablo VI en la etapa de renovación que marca la historia reciente de la vida de los católicos después del Concilio Vaticano II ha dicho que: «evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar». Llevar la Buena Noticia de la misericordia y amor de Dios, manifestado en Jesús, a todos los hombres y mujeres constituye su genuina misión y su más preciada tradición.

El Papa Francisco, retomando esta intuición fundamental de su predecesor, nos muestra el dinamismo de una Iglesia evangelizadora, que sale al encuentro de los demás, inspirada en sus mismas raíces bíblicas: “En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de «salida» que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó el llamado a salir hacia una tierra nueva (cf. Gn 12,1-3). Moisés escuchó el llamado de Dios: «Ve, yo te envío» (Ex 3,10), e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (cf. Ex 3,17). A Jeremías le dijo: «Adondequiera que yo te envíe irás» (Jr 1,7). Hoy, en este «id» de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”. (EG 20)

Al celebrar la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, todos estamos llamados a reconocer, valorar y comprometernos a difundir la fe, desde la diversidad de caminos, tareas, retos… como lo hicieron en los albores de la evangelización estas dos enormes figuras que no sólo recordamos, sino que hoy nos siguen inspirando. 

Las experiencias que marcarán la vida de estos santos apóstoles, llevan siempre un componente de apertura: apertura de corazón y de mente para acoger los retos que el Señor va presentando en sus vidas.

Pedro, llamado a ser custodio y referente de la unidad en la Iglesia primitiva, es puesto a prueba al tener que reconocer la acción del Espíritu Santo en la vida de los paganos (Hch 10, 1-48) … no se trata de aferrarse a esquemas, se trata de tener la docilidad para responder al Espíritu del Señor que “sopla donde quiere”.

Pablo comprenderá que el otro ya no es un enemigo ni un extraño. Es ahora destinatario de la misión, es predilecto de la acción de la gracia. En Cristo no hay barreras, ni división: “ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

Pedro y Pablo coronan su entrega sin medias tintas, dándolo todo

El Papa Francisco nos interroga, a partir de la vida de estos grandes apóstoles, sobre la calidad de nuestra respuesta y compromiso a nuestra vocación de vida cristiana: “Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón. Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a ‘arder’ por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con ‘vivir al día’ o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo. Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución”. (Homilía del 29 de junio de 2017).

Que recordando y celebrando a los apóstoles Pedro y Pablo, reavivemos el don de nuestra vocación recibida el día de nuestro bautismo y, cada uno desde su singularidad, responda con ardor y pasión al desafío de llevar a todos el mensaje del amor de Dios.

P. Alberto Scalenghe, ssp

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